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Capítulo 9 (Libro3)





Phoebe se encuentra en su habitación, estudiando bajo la tenue luz de la lamparita que ilumina en un color triste la estancia. Permanece sentada en la cama, con las piernas cruzadas y manteniendo las palmas de las manos taponando sus oídos para una mejor concentración. Su cabello castaño se mantiene recogido en un moño despeinado y en su oreja reposa el lápiz al que acudía cada vez que encontraba oportuno apuntar algo en los folios. Sus labios permanecen separados, de vez en cuando articulando palabras sin voz. Phoebe Fox vive en un chalet prácticamente a las afueras de la ciudad, lo que le permitía tener un gran jardín, aunque supusiese mayores esfuerzos para ir cada mañana al colegio. En su habitación (un segundo piso) se siente tranquila, alejada del ruido y de posibles distracciones que imposibilitarían su concentración. En el desván, más conocido por el nombre de “Urna”, hacía frío, había humedad y, aunque parecía una adecuada sala para los casos de estudio, no era lo suficientemente triste como para no entretenerse con los colores que la adornaban. Así que, su cuarto, era la estancia perfecta para mitigar su mente, dejar espacio para nuevos contenidos y, sobretodo, para no distraerse.
Sin embargo, y a pesar de todo aquello, comienzan a surgir de sus oídos algún que otro sonido. No le desvían demasiado la atención, aunque de vez en cuando su mente parecía querer saber de qué se trataban. Pronto su consciencia reacciona y lo asocia con  el sonido de la calle. Hasta que un sonido evidente atropella las palabras que articula con la mente y la despeja de un soplido. Como un golpe seco, un desconcertante sonido que se multiplicaba al estar la casa completamente vacía. Phoebe se sobresalta alarmada por el ruido y permanece unos instantes con las manos inmóviles, lejos de sus orejas. El silencio vuelve a enmudecer la casa. Phoebe frunce el ceño.
-¿Max? –cuestiona.
Sabía perfectamente que tanto sus padres como su hermano habían ido al centro a comprar y a visitar a unos amigos y, desde luego, tan temprano no podían haber regresado.
Phoebe traga saliva y retorna su mirada hacia los apuntes aunque procura mirar de reojos la puerta de su cuarto. Carraspea e intenta recordar por donde iba. Ordena sus pensamientos hasta que el timbre chirria un pitido que hace sobresaltar a la joven. Ésta se levanta con lentitud y deja los apuntes encima de la cama. Cubre sus pies descalzos con las zapatillas y camina hacia la puerta de su cuarto. La abre con premura cuando de nuevo el timbre hace temblar las paredes. Baja las escaleras con rapidez y se acerca a la puerta de la entrada. Sin duda deben de ser sus padres y  Max. Seguramente se han dejado la llave. A no ser que fueran tan inconscientes como para dejar la puerta del jardín abierta. Al pensar aquello, para unos instantes acongojada. Aguanta unos segundos la respiración intentando escuchar algo que le indicara quien podía llamar a esas horas. Suena de nuevo, seco y sin emitir otro sonido. Phoebe pestañea y abre la puerta por fin.
Se sobresalta, abre los ojos e incluso da un paso atrás.
-Dino… -murmura cuando los ojos verdes de la joven se encuentran con los del muchacho.
-Phoebe –interrumpe con celeridad- vete, ¡corre! –exclama.
La joven niega confundida con el rostro, sin comprender, hasta que de repente algo oscuro tapa los labios del joven y hace provocar una reacción brusca en el rostro de Dino.
Phoebe emite un chillido de su garganta al contemplar la escena. Los guantes negros del opresor parecen hacer daño al joven, quien se resiste profiriendo un sonido imperceptible a oídos de Phoebe. Dino es empujado hacia el lado contrario de la puerta de la casa, dejando ver la silueta oscura de Annibal. El joven cae de bruces contra el suelo. Sin embargo, esto no lo detiene para seguir animando a la joven a que huyera del lugar que consideraría el más seguro del mundo: su casa.
El hombre vestido de negro cruza el umbral de la puerta cerrándola tras de sí. Sus ojos celestes como el hielo la miran impenetrables obligando a la joven a dar unos cuantos pasos atrás… hasta chocar su espalda con algo. Su rostro se torna encontrando la mirada oscura del que fue su compañero de curso durante muchos años. Demetrius sonríe.
-Hola Fox…
 La joven vuelve a gritar mucho más inquieta. Intenta alejarse de ambos con pasos lentos y temblorosos.
-Tranquila –susurra Annibal con tranquilidad mientras se acerca a ella-. Solo venimos a darte buenas noticias.
Phoebe frunce el ceño aún sobresaltada y (casi) paralizada por el miedo. Demetrius ríe y mira a su compañero, quien mantiene el rostro sereno.
-Verás, es que… -Annibal titubea unos instantes hasta que la joven se topa con la pared, atrapada, sin posibilidad de salir de allí-. Un pajarito muy quisquilloso me ha informado de que notas la ausencia de alguien, ¿es eso cierto?
La joven no responde, encogiéndose sobre sí misma.
-Supongo que la afirmación a la pregunta no importa… -Annibal sonríe y prosigue-. Verás, esa persona… nosotros sabemos cómo devolvértela.
El rostro de la joven adopta una mueca incomprensible.
-Ángelo –añade Demetrius cansado de tantos rodeos.
Phoebe reacciona. Articula su nombre sin sonido en sus labios y mira a los ojos a Annibal.
-¿Qué-qué le habéis hecho? –tartamudea la joven.
-Nada que modifique la afirmación de que está vivo.
Demetrius esboza nuevamente una sonrisa y cubre sus manos en los bolsillos de su pantalón negro.
-¿Dónde está? –solloza Phoebe incapaz de hacer frente a ambos.
-No hace falta que lo sepas, nosotros mismos te lo entregaremos… solo y solo sí nos proporcionas algo a cambio.
Annibal se acerca a ella con calma, degustando cada suspiro de terror que expira su respiración. Para a pocos centímetros de ella, cuando la joven se siente intimidada por su cercanía.
-Es algo simple, un intercambio, ¿qué me dices?
Phoebe clava su mirada en la helada del de negro y traga saliva.
-¿Qué clase de intercambio?
-Solo necesitamos un nombre… EL nombre y te daremos a tu angelito –Annibal humedece sus labios antes de proseguir-. El nombre del último.
Phoebe abre los ojos. Traga saliva. Suspira. Expira aire. Pestañea. Todo, en un instante en el que su propia consciencia duda de por qué titubea la respuesta. 



Nathaniel abre la puerta de su cuarto y deja pasar al resto de sus compañeros. Las dos ángeles se limitan a sentarse sobre su cama mientras Gabriel titubea unos instantes. Ninguno de los tres le había mencionado aún a Nathaniel sobre el motivo de su visita. Éste cierra la puerta tras comunicar a los presentes en la casa que no le molestasen bajo ninguna circunstancia. No obstante, sus padres y hermana ya estaban acostumbrados a que cuando aquellos amigos entraran en su habitación, no podían recurrir a Nathaniel bajo ningún concepto.
-¿Qué ha pasado? –cuestiona Nathaniel suponiendo los motivos por los que había recibido la inesperada visita.
Celeste y Perséfore se miran y Gabriel parece algo dubitativo. Carraspea.
-Esperábamos que tú nos lo dijeras.
Nathaniel se sobresalta y frunce el ceño.
-¿Cómo?
-No nos digas que no has conseguido nada… -murmura Perséfore desilusionada.
-¿Conseguir el qué? –cuestiona Nathaniel en un amago de mostrar su confusión.
-Pasaste toda la noche con ella y…
Nathaniel aparta la mirada suponiendo lo que realmente querían sonsacarle. Perséfore interrumpe sus palabras tras comprobar como el propio ángel se había percatado de lo que estaban hablando… a juzgar por su rostro. Nathaniel arrastra la palma de su mano por su cabello rubio y lo acaricia intentando encontrar las palabras adecuadas.
-Dinos, Nat… ¿es ella la chica de ojos verdes que nos dijeron? –cuestiona Celeste en un susurro mientras en su rostro se puede advertir preocupación.
Nathaniel la observa y agacha el rostro.
-No lo sé.
Gabriel se siente frustrado al escuchar aquella respuesta. Chasquea con la lengua y cruza los brazos mientras niega con la cabeza.
-¿Cómo que aún no lo sabes? –ante la mirada de Nat deja caer los brazos con rabia.
-No es tan fácil Gabriel.
-¿A no? –en su rostro se pudo atisbar una mueca de incomprensión- ¡Un año! –exclama cuidando su tono de voz-. ¡Un año llevamos detrás de esa chica porque a ti se te ocurrió decantarte por esos ojos verdes, y resulta que lo único que haces es seguirla como un perro faldero!
-Por favor, Gabriel, contrólate –murmura Celeste mientras aferra su brazo suavemente. Éste arruga sus labios y aparta la mirada de Nathaniel.
-Dinos, ¿qué necesitas para poder sacarle información? –cuestiona Perséfore con un tono de voz favorable a la actitud de Gabriel.
-Seguramente los estúpidos ya hayan encontrado más de una pista… ¡si no ¿por qué el propio Zachary se ha apartado de la chica?! Ella no sabe nada… -le recrimina de nuevo Gabriel.
-¡Lo que hace Zachary no tiene por qué ser lo correcto! –exclama Nathaniel intentado hacerse escuchar por encima de su compañero.
-¡De lo que estoy seguro es que nosotros somos los tontos que seguimos intentando sacar la información a la chica incorrecta! ¡Estoy más que harto de tus experimentos! ¡O ENCUENTRAS ALGO O…!
De pronto, y alertada por los gritos, Stella abre la puerta lentamente. Parece asustada y preocupada y se dedica a morder una de las uña de su mano derecha. La pequeña busca con la mirada a su hermano.
-¿Qué pasa, Nat? –susurra algo acongojada por la presencia de los otros tres.
Nathaniel chasquea y se agacha ante ella.
-Nada, Stella, cosas de mayores, no te preocupes –el joven le retira un mechón rubio de su rostro y le sonríe. La pequeña no parece convencida y mira a los amigos de su hermano.
-¿Seguro? –le murmura casi al oído.
-Completamente, de todas formas ellos tienen que irse ya, solo déjame unos minutos para despedirme y enseguida te leo el libro que te prometí.
La pequeña sonríe emocionada y, asintiendo, cierra la puerta.
Nathaniel mira a Gabriel en un amago de recriminarle su vocerío y separa sus labios.
-¿Qué pretendes que haga, Gabriel? –susurra-. ¿Qué pretendes que le diga? ¿Quizás que tanto Zachary como yo nos acercamos a ella solo por ser una de las pocas chicas de ojos verdes que adecuaban con la descripción del oráculo? No creo que fuera lo correcto. Déjame hablar con ella, solo una última vez… y te prometo que te daré el nombre de la última. 

___


Por fin pude caminar después de tantos días encerrada en mi casa. Siento que mis pies agradecen el pequeño paseo. En el centro de la ciudad todas las tiendas permanecen abiertas. Sus escaparates captan toda mi atención, imaginándome a través del cristal como sería aquella prenda si embutara mi cuerpo y no el del delgaducho maniquí. Entro en una, luego en otra. Aquella tarde había decidido dedicarla a mí y a mis caprichos, aunque eso supusiese desatender mis obligaciones por una vez. Me gusta pasear cuando el sol templa mis mejillas y más cuando casi todos los días las nubes mantienen prisioneros los rayitos del sol.
Una vez en el probador, desvisto mi torso con pereza para luego juzgar la prenda que he escogido. La mayoría son más bonitas dobladas que en mi cuerpo. Aún así, decido llevarme un par de jerséis y alguna que otra chaqueta. Luego, (y creo que por primera vez) me siento en una mesa y observo el menú sin compañía alguna. Compruebo mi monedero y, en función de mi renta disponible, pido la comida. Mientras la degusto observo a mi alrededor las pocas mesas que están ocupadas. Sonrío en mis adentros cuando compruebo como en la mayoría de las mesas permanecen sentados una sola persona, leyendo un periódico, folios o cualquier otra cosa. Apoyo mi barbilla en el puño ladeando el rostro. Pido la cuenta y recojo las bolsas del suelo con lentitud.
Ésta simple escapada me hace sentir aún más sola. Intento evitar pensar en ello, pero debido a que no tengo ningún acompañante con el que mitigar mis pensamientos, vuelvo e insisto en pensar en la soledad que ahora me invade. Reprimo las ganas de llamar a alguien negando con el rostro suavemente para que nadie que estuviera cerca de mí se percatase de mi posible demencia. Suspiro. El aire es frío cuando no tienes a nadie en el que apoyarte. No obstante, no tengo ganas de volver a casa. Así que, tras atisbar unos cuantos bancos cercanos, me acerco a ellos y me siento, dejando las bolsas a un lado y metiendo mis manos en los bolsillos. Me encojo por el frío y miro a la nada. La gente pasa a mi lado, pero nadie me ve, nadie me escucha, nadie me habla. Todos parecen ocupados. Todos menos yo. Abrazo con las manos mi cuerpo, tiritando de frío, mientras siento como mi nariz se enrojece por momentos. Contemplo los pies de la gente que pasa cerca de mí. No me encuentro bien. Carraspeo intentando encontrar el aliento que me falta y respiro hondo. Mis manos me sudan mientras pestañeo para mitigar la borrosidad que comienza a hostigar mis ojos.
Sé perfectamente qué me pasa, pero no quiero pensarlo. Aprieto mis dientes para reprimir mis ganas de salir corriendo. Siento suavemente mis muñecas relajarse, producto de una cálida sensación. No obstante, lo evito, o al menos eso intento. Aquella percepción parece cobrar fuerza por momentos. Entonces me levanto lentamente. Ya no miro a la gente. Extiendo mis brazos y los observo como si a través del abrigo pudiera cerciorarme de lo que pasa. Estiro la manga derecha por donde advierto un destello azulado. Luego arremango la izquierda y una luz rojiza acude a mis ojos. No sé si la gente me mira. Dejo caer mis brazos sintiendo una sensación extraña. El ambiente parece cargado. Miro hacia el frente, y poso mi mirada en un punto imaginario. No sé exactamente qué hacer… si tornar mi ojos hacia la derecha o hacia la izquierda.






Capítulo 8 (Libro 3)


  
Un golpe de luz acude a su consciencia. De repente siente poco a poco el frío en su piel y los sonidos más cercanos. Ahora percibe su lenta respiración. Su tacto ya parece funcionar aún de una manera un tanto difusa. El susurro de unas intermitentes pisadas llega a sus oídos. Se siente sudoroso, sucio, débil… sus músculos le resultan pesados, algo dormidos aún sintiendo una clara inclinación de su cuerpo. Pronto degusta entre sus labios un sabor agrio y áspero a pesar de ser una sustancia claramente líquida. Sin embargo, no tiene fuerzas suficientes como para indagar entre los sabores que había experimentado a lo largo de su vida. Sus dedos tienden a estirarse palpando el mismo líquido que habían percibido sus labios. Con esfuerzo, logra cerrar en un puño sus manos, mientras intenta abrir sus ojos para observar al menos algo que le ayudase a identificar. No puede recordar con exactitud cómo es su rostro o su altura, ni siquiera evocar su voz. Lentamente y sin pestañear, logra dejar actuar a sus pupilas negras sin poder remediar una oscura capa de niebla que evita una perfecta visión. Jadea por el esfuerzo. Parece como si hubiera estado congelado durante un período de tiempo demasiado largo para sus músculos. Extiende sus dedos con suavidad. Sorbe con su garganta un pequeño extracto de aire que se mezcla con el mismo repugnante sabor que había enjugado sus labios. Entorna los ojos. Está oscuro. Pero no lo suficiente como para no ver absolutamente nada. Poco a poco puede entrever bruscas siluetas rocosas y de aspecto un tanto duro. Vuelve a estrujar sus dedos en un puño en un amago de coger fuerzas. Deja caer todo el peso en sus manos hasta lograr alzar unos centímetros su torso. Al elevar su cuerpo, la destrozada camisa que apenas cubre su torso chorrea un líquido negruzco. Partes de su rostro también parecen gotear. Respira con brusquedad mientras aclara su mirada pudiendo identificar aquel suelo como una especie de superficie fría, rocosa y muy desnivelada, provocando que aquel líquido se estancase en las pequeñas hendiduras. Sin embargo, pronto sus brazos flojean incitando que, en un último esfuerzo, su cuerpo se dejara caer bocarriba, chapoteando el pequeño charco que se había formado bajo él. Vuelve a jadear dolorido. Ahora nota su espalda inflamada emitiendo un malestar agudo e incómodo que se exterioriza en su rostro al cerrar con fuerza sus ojos y al esbozar una mueca de desazón.
“¿Dónde estoy?” logra cavilar tras unos minutos sin poder siquiera pensar.
Una aguda risita lo vuelve a devolver a la realidad. Abre los ojos acongojado.
-Por un momento llegamos a pensar que no despertarías…
Aquella voz le resulta familiar. El siseante susurro le desagrada.
No dejando mostrar su notoria debilidad, intenta ladear el rostro hacia la zona donde proviene aquella voz. Sus ojos pestañean con lentitud a causa del dolor. A pesar del esfuerzo, no puede evitar dejar caer su cabeza al suelo, emitiendo un fatigoso quejido que dificulta su respiración.
Otra vez acude esa risa.
-No te esfuerces, tu Cristal a penas se mantiene vivo… dudo que puedas incluso levantarte.
-¿Quién eres? –cuestiona con cierta dificultad.
Se acerca tras articular aquella pregunta. Los charcos chapotean a su paso. Alguna que otra fría gotita humedece aún más su rostro. Siente una fuerte presión en su cuello cuando los dedos del captor logran elevar su cabeza.
Aquellos ojos no eran desconocidos para él: celestes como el hielo, venosos como el de un peligroso asesino…
-A-Annibal… -logra murmurar evitando la presión de su cuello.
El aludido sonríe al ser reconocido. Su frívola sonrisa logra sustraer un gemido de dolor del oprimido.
-Lamento que te encuentres entre tanto fango… te propongo una cosa: si hablas te dejo libre, sino te harás mugre y convivirás con ella.
El vejado intenta deshacerse de su cautiverio con rápidos movimientos. Annibal sonríe ante aquel intento, motivo de su miedo y frustración. Éste acerca su rostro al del oprimido y le susurra:
-¿Para qué agotas tus fuerzas? Es inútil…
-Por la cuenta que le trae tarde o temprano hablará –susurra otra figura posicionada tras Annibal- ¿has dormido bien…?
El oprimido intenta atisbar su rostro entre la oscuridad.
-¿… Ángelo? –tras esto, el rostro de Demetrius alcanza el ángulo exacto de visión en el que el ángel logra reconocerlo.
Aquello hace arder su mente y nubla su consciencia. Sus brazos logran zafarse de las ataduras de Annibal tras fuertes golpes en el rostro del mismo. De manera casi involuntaria sus alas blancas surgen de su espalda con fiereza impulsando su cuerpo hacia el de Demetrius. Sin embargo algo le hace retroceder con un golpe seco que fustiga partes de su cuerpo. Ángelo cae de bruces contra el suelo sintiendo el dolor frío de sus huesos provocados por las cadenas que rodean su tobillo izquierdo. Aprieta los dientes mientras escucha suaves carcajadas de sus opresores. No puede evitar volver a gemir tragando involuntariamente el fango que había vuelto a humedecer sus labios.
-Dinos Ángelo… -susurra entre risas uno de los dos demonios- … ¿quién es el último?


Acompañamos –tanto Lola como yo- a mamá al aeropuerto. Sin duda se trataba de un día triste para mí aunque fácilmente superable. Los problemas no habían dejado de brotar en mi cabeza y el hecho de que mamá –y su tristeza- marcharan a un lugar más seguro, me proporcionaba mayor tranquilidad de la que podría acoger. Alguien menos de quien preocuparse.
Caminamos con cierta parsimonia por las zonas de comercio donde Lola no paraba de mirar con absoluta atención los distintos escaparates. Ni mamá ni yo nos atrevemos a parar por si a Lola se le ocurre la genial idea de entrar en una de las tiendas y, consecuentemente, llegar tarde al avión.
-No hace falta que me acompañéis hasta la sala de embarque, sé ir sola…
Le sonrío.
-Solo quiero despedirme de ti hasta el verano.
Mamá me devuelve la sonrisa y aferra mi brazo con sus dedos en un amago de mostrar cariño.
Aunque la maleta me pesa, intento no quejarme para no cargar más a mi madre, a quien ya le pesaba la maleta de mano.
Una vez facturadas las maletas y ante el control de seguridad, mamá se resigna a parar para despedirse de nosotras. Yo me dedico a observarla mientras da unos cuantos besos a Lola y le hace sonreír momentáneamente con sus chistes improvisados. Ambas nos miramos con una sonrisa en el rostro –cosa que hacía tiempo que parecía imposible- Mamá recoge uno de mis mechones y me lo coloca detrás de la oreja con cariño sin dejar de esgrimir una mirada de añoranza.
-Mi pequeña… -susurra.
-Oh, vamos mamá, no empieces… -murmuro sin poder evitar emocionarme. Aparto la mirada para evadir las ganas de lloriquear que estrujaban mi garganta.
Ella sonríe y me da un corto pero dulce beso.
-Te echaré mucho de menos cariño… confío en ti.
Ante estas palabras, la abrazo con fuerza, aunque el tiempo solo nos permite permanecer de aquella manera unos segundos, exactamente hasta que la cola para el detector de metales comienza a andar.
Al separarnos arrugo mis labios para impedir que explotara mi sensibilidad y volver a humedecerme las mejillas.
-Adiós mamá, cuídate.
-No sé si voy a poder hacerlo…
Abro los ojos.
-¡Ah no, ya no! Seguramente los tíos y la abuela te estarán esperando ya en el aeropuerto de Londres, tendrán tu habitación perfectamente preparada y la entrevista de trabajo programada… ¡ni se te ocurra mirar atrás! –exclamo con unas pinceladas nostálgicas.
Ella me sonríe y me mira… hasta que llega el turno de marcharse.

Durante el camino de vuelta a casa el silencio ocultó nuestras ganas de hablar sobre algo. Eran momentos en los que una sola palabra mal expresada podía herir la sensibilidad de una de nosotras. Quizás fue ese el motivo por el que ni Lola ni mamá se atrevieron a preguntar el por qué de la gran mejoría que habían percibido en mí y en mi estado de ánimo. Por más que me observaban no conseguían descifrar el motivo de mi incansable sonrisa. “Nathaniel” era la única palabra que acudía a mis labios de forma silenciosa cuando no articulaba frase alguna. Después de mucho tiempo sin poder verlas, mis amigas, las viejas mariposas, aparecieron de nuevo, acariciando mi estómago como antaño. Parecía como que aquel viejo corazón cansado de amar había vuelto a bombear alegría por todo mi cuerpo. No encontraba palabras ni siquiera para explicarme como me sentía en estos momentos. “Nathaniel”… solo con recordar su nombre la emoción me pellizcaba la piel, la sangre fluía a velocidades vertiginosas y las mariposas lograban retomar su vuelo. ¿Y qué si estaba feliz en estos momentos tan duras para todos?
Para mi sorpresa –y para agotamiento de mi corazón- Nathaniel estaba en la entrada, ayudando a su  madre a recoger las bolsas de la compra, cuando llegamos a casa. Tanta actividad frenética no podía ser bueno.
-¡Es precioso, Stella! –exclama Nathaniel en un amago de parecer encantado con la pulsera que su hermana le ha colocado- ¿cómo lo has hecho?
Stella señala las caracolas que rodean su muñeca.
-Con piedrecitas que me regaló la abuela…
-Stella, no distraigas a tu hermano y ayuda a subir las bolsas –insiste Clariva Ninvet al pasar a su lado.
La pequeña pone los ojos en blanco y eleva con las dos manos la bolsa de mala manera. Nathaniel parece compadecerse y se la despoja aferrándola por las asas. Stella le sonríe.
-Gracias.
Lola no parece muy entusiasmada en ver gente conocida. Chasquea con la lengua en un susurro y finge no haber reparado en ellos a pesar de que taponaban las escaleras de subida. Clariva sin embargo, parece percatarse de nuestra presencia.
-¿Ya se ha marchado Shana? –cuestiona tras sujetar una de las bolsas de plástico.
Ambas le sonreímos –Lola por obligación y yo porque me encontraba eufórica- Le asiento con rapidez.
-Por la tarde la llamaré para asegurarme de que esté bien… si necesitáis algo ya sabéis que estamos abajo –sonríe con cariño Clariva sin dejar de avanzar hacia el portal.
Cuando aparto la mirada de ella, no puedo evitar dirigir mis ojos hacia donde se encontraba Nathaniel y su hermana, los cuales nos miran expectantes por nuestra conversación. Lola da unos pasos hacia el portal en un amago de presionarme para que nos fuéramos a casa, sin embargo, la evito y me acerco a ellos.
-¡Kimberley! .exclama Stella- ¿te gusta lo que le he hecho a mi hermano? –cuestiona mientras agarra la muñeca de Nathaniel.
Lo miro de reojos y él me sonríe. Aferro entonces su antebrazo para poder ver mejor la pulsera de caracolas que ahora adorna su muñeca izquierda. La examino unos instantes con los dedos y lo suelto con rapidez.
-Es muy bonita, Stella.
-Si quieres te hago una… -propone la pequeña algo tímida.
-Me encantaría.
-Anda Stella, ¿por qué no llevas esto a casa? –le indica Nathaniel tras tenderle la bolsa que antes le había arrebatado a la misma.
Me muerdo el labio nerviosa. Mientras Nathaniel convence a su hermana de que nos dejara solos, miro hacia atrás donde hace tan solo unos segundos, Lola, permanecía quieta y con los brazos cruzados. Pongo los ojos en blanco al comprobar que no se encontraba cerca.
Por fin Stella accede a llevar la bolsa a cambio de que Nathaniel le leyese otro libro por la noche. La pequeña se marcha a duras penas con la pesada bolsa de plástico teniendo que parar de vez en cuando en un amago de dar lástima a su hermano y así no tener que cargarla.
-Hola… -le susurro tras quedarnos solos (aunque tarde o temprano bajaría de nuevo Clariva para recoger el resto de bolsas que quedaban en el maletero)
-¿Cómo estás hoy? –cuestiona suavemente.
Agacho el rostro y cojo aire. Frunzo el ceño mientras miro hacia el suelo para luego retornar la mirada a los ojos celestes de Nathaniel.
-Gracias… -es lo único que salió de mis labios.  
-¿Gracias? ¿Por qué? –cuestiona algo confundido.
Trago saliva.
-Por ser tan considerado conmigo.
El sonríe y niega con la cabeza con palpable desilusión.
-¿Crees que lo hice como un deber?
Chasqueo con la lengua.
-Nathaniel…
-Si lo hice fue por mí y por lo que tenía dentro desde hace mucho tiempo –añade tras interrumpirme- ¿por qué eres incapaz de creerme cuando te digo que…?
-¡Nathaniel! –exclama alguien.
Parece olvidar la conversación cuando mira hacia los lados en busca del propietario de aquella exclamación. Miro hacia el suelo decepcionada por la interrupción.
Lejos de nosotros pero a la suficiente distancia como para reconocerlos, caminaban a paso ligero Gabriel, Celeste y Perséfore.
Nathaniel separa sus labios extrañado por la intromisión. Para mi sorpresa, él mismo vuelve a mirarme con rapidez.
-Kimberley… -me susurra.
Lo miro emocionada de nuevo. Sin embargo y al no encontrar las palabras oportunas en esos momentos por la presencia de sus compañeros, traga saliva y besa mi mejilla suavemente. Sin separar sus labios besa la comisura de mis labios y sujeta mi rostro.  Seguramente se le habían atragantado las palabras en aquellos momentos... Ambos esperábamos que alguno de nosotros articulásemos esas palabras que costaban tanto decir... Me sonríe y se marcha hacia sus compañeros.



Demetrius da un fuerte golpe en la mesa.
-Es imposible hacerlo hablar… ¡lo hemos probado todo! –ruge desatando su fuerza.
Zack aparta la mirada ante aquel ataque de ira. Chasquea con la lengua.
-Lo único que han conseguido los métodos de Demetrius es hacerle escupir la poca sangre que tenía –bufa Annibal sonriente por la reacción de su compañero.
-¿No habéis pensado que quizás él no sepa realmente donde está? –susurra Zack con la intención de apaciguar el ánimo.
-Imposible –chasquea Demetrius en un susurro.
-¿Por qué?
-El jefe nos dijo que la clave estaba en la muchacha de ojos verdes…
-¿Y por qué estáis tan seguros de que él lo sabe?
-Por la chica que lo acompañaba, señor… tiene que habérselo dicho…
-¡Idiotas! –exclama Zack- ¡¿Os dais cuenta de los estúpidos que sois?! ¡hemos perdido más de tres meses con vuestro inútil experimento!
-Señor…-murmura Annibal sorprendido por la reacción.
-Si sabíais desde un principio que ella nos daría la clave, ¿por qué diablos no la habéis cogido a ella?
-Por que esperábamos que él mismo nos lo dijera, señor.
-¿Y quién sabe si verdaderamente ella tiene idea de algo, acaso sabéis con firmeza que ella es la chica de los ojos verdes que tanto nos hartamos de buscar?
-Con todos mis respetos señor, ella debe de saber algo, si no el nombre quizás alguna pista –argumenta Annibal con total serenidad.
Zack suspira un tanto irritado. Ambos se mantienen erguidos aunque su orgullo había sido herido. Sin embargo, nada podían hacer frente a un superior, a pesar de ser más joven y con menos experiencia que ellos. Ante el silencio del mismo, Annibal asintió decepcionado.
-Está bien, señor, soltaremos al ángel y dejaremos el…
-No.
Annibal y Demetrius se miran confusos cuando el joven esboza una inquietante sonrisa.
-Tenemos el anzuelo… lo que debemos hacer es que el pescadito lo muerda.

Capítulo 7 (Libro 3)



Amon la había dejado en la cama aunque aún seguía igual de serio que cuando llamó a la puerta. Aquello era un problema más para mí que seguramente a Amon le preocuparía en mayor medida en aquellos momentos. Ambos prometimos no decir ni una palabra a nadie aunque le comuniqué para su enojo que Phoebe ya tenía cierta idea de ello. Él la protegería, la vigilaría e incluso la encubriría ante sus superiores y compañeros. Quizás transcurriera el suficiente tiempo como para acabar las clases e irnos a Londres, lejos de todo aquello. Sin embargo, ambos sabíamos que Zack no se zafaría de mí tan fácilmente y mis relaciones con ciertos celestes provocarían preguntas a cerca de mi paradero. Así que le hice muy a mi pesar una promesa: al acabar el curso, llevaría a Lola a Nathaniel para que él acabase con todo esto. Con lo cual, mayor presión para mi alma que ya casi parecía una bomba de relojería que necesitaba expulsar como fuese.
Amon se fue a las doce menos cinco y ahora, a las doce menos tres minutos me dispuse a salir, una vez abrigada y escrito una nota en la que me excusaba para dar un paseo ante mi madre –si volvía por un imprevisto- y ante Lola – por si se despertaba.


Cojo las llaves de la casa y cierro la puerta con cuidado. Aprieto con celeridad el botón del ascensor que llega a su tiempo y a su relativa velocidad. Me encierro en él y pulso el botón del “0”. No quiero mirarme en el espejo, hacía mucho tiempo que no lo hacía así que verme no era una de mis prioridades. Así que no me giré en ningún momento agazapándome por el frío y por el nerviosismo.
Por fin las puertas me dejan salir. Camino a grandes zancadas hacia fuera del portal y me dirijo hacia el parque. Sin embargo no noto una presencia detrás de mí.
Ni el chaquetón logra apaciguar el frío, el cual provoca una sonrojada nariz en mi rostro mientras el vaho se extiende cuando expiro.
Llego al parque a las doce y dos minutos. Paro en la entrada unos instantes. Me encuentro frente a frente con el cartel que da la bienvenida hacia el interior del parque. Tomo aire y prosigo mi camino. No hace falta tener una meta, él se aparecería en cualquier momento. Así que camino lentamente y a pasos pequeños para no alejarme demasiado de la entrada. Sin embargo, mis pies me llevan a la zona de las enredaderas. Delante de mí un pasillo de grandes arcos blancos cubiertos por preciosas hojas verdosas que sin duda habían despertado tras un invierno frío. Me adentro tras titubear. Tengo un presentimiento. Pronto me encontraré con Zack. Advierto una silueta al final del pasillo de enredaderas, tomo aire y me dirijo hacia ella con rapidez. “Acabemos con esto” cavilo decidida.
Me paro a unos metros delante de él… sus ojos oscuros me miran, me ponen nerviosa… siento lo mismo que sentía cuando aún no era consciente de todo esto. Él da unos pasos hacia mí ante la impasividad por mi parte de acercarme. Se coloca a tan solo unos centímetros de mi cuerpo.
Intento mostrarme impasible.
-¿Qué quieres? –cuestiono con rapidez.
Zack sonríe, me sonríe, como si nada hubiera pasado. Coge un mechón de mi cabello y lo observa. Sus ojos le brillan. Luego lo coloca detrás del lóbulo de mi oreja, excusa para acariciarme el cuello. Un escalofrío recorre mi piel.
-No… -intento liberarme de aquellas dulces ataduras a través de mi endeble fuerza de voluntad- no hagas eso –me aparto por fin unos centímetros.
Mis intentos por mostrar mi fortaleza fueron en vano. Ahora ya me tiene en sus manos, cosa que sabe de sobra.
Acerca sus labios a mi oído.
-Solo quería verte –me susurra con delicadeza. Tras sus palabras siento un frío beso debajo del lóbulo. Me estremezco. Sin embargo, y ante mi absoluta sorpresa, logro apretar mis puños y empujar suavemente el pecho de Zack quién no puede evitar separarse de mí ante la presión de mis nudillos. Aparto la mirada ladeando el rostro mientras en el de Zack pude atisbar de reojo una desilusionada mirada. Consigo tomar aire y suspirar.
-Dijiste que no podías amar… -murmuro sin pretender que él me oyese.
Él parece haber oído a la perfección aquel mensaje. Frunce el ceño y aprieta la mandíbula. Luego agacha el rostro y cubre sus manos en los bolsillos de su chaqueta.
Ante su silencio, algo rabia en mi interior. El hecho de que no fuera capaz de calmar y destruir aquella afirmación que hacía unos días (o semanas) me había confesado, resultaba un amago de frustración en mi consuelo el cual ya había sido innumerablemente castigado y traicionado.
Golpeo suavemente, conteniendo la rabia, el pecho de Zack con el puño solo dos veces muy seguidas para luego mirarlo a los ojos y atreverme a volver a ser víctima de sus pupilas. Él acaricia mis mejillas con sus dos manos y las apoya en mis hombros.
-Quizás el amor que tú sientes no sea como el que golpea mi corazón… ¿y si mis latidos fueran más fuertes que los tuyos?
No puedo evitar sonreír. Y él me corresponde con una profunda sonrisa.
-No hay amor más fuerte que el que siente un ser humano –susurro alejándome de él unos metros, los bastantes como para dejar un hueco frío y ahogado entre ambos. Le miro decidida y sin querer suplicar su perdón por ello.
Zack parece sobresaltado por mi reacción, cosa que hace crecer mi ego el cual había sido tantas veces dañado que casi ya no existía.
-¿Crees que lo que tienes en la muñeca es solo un capricho? –cuestiona mostrando en su rostro un dolor parecido al que había exteriorizado yo durante estas últimas semanas.
Algo en mi muñeca izquierda acaricia suavemente mi piel. No obstante, no quiero atender su llamada y me resigno a no sentir aquel alivio que suponían sus destellos.   
-¡Eh! –alguien grita detrás de mí.
Me giro mientras Zack solo alza la vista. Se tensa y yo por un lado me siento aliviada al ver a Nathaniel al otro lado del pasillo. Éste comienza a andar hacia nosotros.
-No deberías de estar aquí Kimberley –me recrimina sin dar un paso en falso- vamos a casa –susurra.
-Solo estamos hablando –reprende Zack inquieto.
Nathaniel para delante de mí y le sonríe en un amago de parecer sarcástico.
-Nada que esté relacionado contigo supone unas simples palabras.
-Creo que Nathaniel tiene razón… -interrumpo restando importancia a la acusación- debo de estar en casa.
-Te equivocas –niega Zack rotundamente acercándose hacia mí lentamente- y realmente no sé porque él está aquí –sus palabras parecen ser escupidas con repudio incitándole a encararse a más que a unas simples palabras.
-No conseguirás tenerla de nuevo, no mientras esté yo para impedírtelo… -le susurra con desdén devolviendo aquella mirada iracunda propensa a un enfrentamiento.
Yo me mantengo en medio de ambos, intentando evitar lo que podría avecinarse y buscando unas palabras tranquilizadoras para que cada uno se fuese por su lado. Zack se aleja unos centímetros de mí, al contrario que Nathaniel quien me adelanta dándome la espalda.
-No he venido para pelearme contigo –niega Zack con toda tranquilidad- claro que no me disgustaría nada tener que acudir a los puños si sigues entrometiéndote –tras esto, Zachary, intenta llegar hasta mí sin embargo, el cuerpo de Nathaniel obstruye su paso. Un cruce de miradas se sucede.
-Ella no debería de estar aquí, habla con ella cuando no tengas ventaja emocional, será entonces cuando no me entrometa.
Zack me mira con frustración y se aleja otros dos pasos más.
-Por favor… -murmuro en un tono casi imperceptible.
No quería que Nathaniel se mantuviera delante de mí y mucho menos con aquella ira palpable que parecía traspasar poco a poco las palabras. Mis músculos se tensaron pero no se atrevieron a reprocharle nada a nadie.
Los susurros de una feliz pareja paseando por el parque (y no muy lejos de nosotros) alivian mi turbación en forma de suspiro que consigue expandir mis pulmones. Tanto Nathaniel como Zack dirigen sus miradas hacia aquella pareja ajena a lo que estaba a punto de surgir, y yo me limito a agachar el rostro sin fuerzas para mirar a aquellos que de forma involuntaria habían evitado una peligrosa pelea. Me limito a aferrar suavemente la chaqueta negra de Nathaniel en un amago de alejarlo de allí.
Zack retorna su mirada hacia la mía y con notable nerviosismo susurra:
-Volveré a por ti.


A pesar de mis continuas súplicas, Nathaniel me acompaña hasta la entrada de mi casa. En ella consigo calmarme y recapacitar sobre lo ocurrido. ¿Qué hubiera ocurrido si Nathaniel no hubiera aparecido? Prefiero no pensarlo
-Gracias –le susurro agradecida con una sonrisa.
Nathaniel se apoya en el quicio y alza una ceja restándole importancia.
-Echaba de menos esa sonrisa.
Aquello me frustra. Desvío la mirada mientras poco a poco desaparece aquella mueca que Nathaniel llamó sonrisa. Siento como las lágrimas tornan mis ojos y mi estómago vuelve a apretar con fuerza. Lanzo un suave suspiro que a Nat parece incomodar.
Se acerca a mí y me coge con cariño el rostro obligándome a mirarle. Ese gesto acelera la necesidad de llorar.
-Eh… no pretendía…
Y lo abrazo de nuevo con todas mis fuerzas. Esta vez no lloro, solo dejo que mis lágrimas recorran mis mejillas apretando con fuerza mis ojos sin emitir ni un sollozo. Él me aferra con sus brazos emitiéndome todo su cariño y calor. Su mano derecha acaricia con suavidad mi espalda.
-Nat… -le susurro como puedo- … necesito ayuda –añado en un último esfuerzo.
Siento como él me abraza con más fuerza. Soy yo quien me aparto de él unos centímetros. Él me mira con aquellos ojos celestes con cierta sorpresa ante mi reacción. Tomo su mano y lo guío hacia la habitación de mis padres, donde dormí durante las noches que transcurrieron en las que mi madre tenía turno de noche en ésta última y fría semana.
Cierro la puerta tras de mí y titubeo antes de voltear mi rostro hacia Nat. Él, ante mi inmovilidad, acaricia mis antebrazos suavemente, hasta que por fin me giro hacia él.
-Me siento… inútil –digo por fin- creo que… todo esto ha terminado por acabar conmigo –los ojos celestes de Nathaniel me dan fuerzas para hablar, pero sobre todo para mostrarme como había intentado reprimir durante tantos días- me siento frágil, ya todos pueden manejarme… mi consciencia ha dejado de pensar por sí sola, ha sido todo tan rápido que… -trago saliva. Sin embargo no son lágrimas lo que muestro, sino rabia, ira, agobio, angustia… cosas que debía de haber mostrado hace ya mucho tiempo- ¡yo no tengo la culpa de lo que ha pasado! –exclamo sin subir demasiado la voz- pero me siento culpable de todo, de absolutamente todo. Un problema tras otro me presionan la cabeza –cierro los ojos con fuerza mientras agarro con mis manos el cráneo- ¡quiero gritar pero no puedo, estoy rota, muerta! –algo en mi cabeza se nubla- ¡necesito salir de esta pesadilla y retornar a lo anterior! ¡QUIERO IRME DE AQUÍ! –exclamo sin guardar la compostura- ¡Siento como mi estómago me presiona el corazón, todo esto ha pisoteado mi alma! ¡No creo que ningún ser humano haya podido soportar lo que yo! ¡Mi madre, mi padre, Lola, Phoebe, Zack…! ¡TODOS! ¡Necesito alejarme de todos al menos unos instantes, LO NECESITO! ¡SIENTO QUE VOY A EXPLOTAR…! –exclamo dejando que algo enturbiara mi mirada y consciencia.
Por sorpresa, las manos de Nathaniel me estabilizan el rostro, me obliga por la fuerza a mirarle, a dejar que él acerque su rostro, a permitirle que sus labios me besen desenfrenadamente transmitiéndome un calor que nunca había sentido en mi vida. Intento tan solo unas milésimas resistirme, sin embargo él me besa aún más fuerte, separando sus labios sin dejarme otra alternativa. Aquellos impulsos que Nathaniel demuestra me hacen sentir fuerte. Siento que ese beso era lo que realmente buscaba durante toda mi vida. Sin embargo… ambos nos habíamos reprimido demasiado tiempo el acariciarnos, besarnos, tocarnos… provocando que aquellos besos no fueran suficientes…
Lo veo todo borroso, la adrenalina se apodera de mis sentidos, aunque noto como sus dedos acarician mi piel desnuda, como sus labios recorren mi cuello con fervor. Siento su piel cálida y como su corazón bombea frenéticamente debajo de su pecho. Noto la tensión de sus músculos atrayéndome hacia él.
Llegó un momento en el que el cristal de vida rezumó una luz cegadora celeste que nos envolvió...







Capítulo 6 (Libro 3)




Me detengo unos minutos mientras contemplo las diferentes marcas de mantequilla. Arrugo el entrecejo sin saber cual escoger. Son mis primeras compras como persona independiente ¿suena bien verdad? El caso es que hoy era viernes y mañana sábado y mi madre me había comunicado de que hoy le tocaba el turno de noche… cosa que dudaba aunque me alegraba saber que al menos tendría una digna despedida para al día siguiente marcharse a Londres. Durante esta semana mi tío había conseguido –por medio de ciertos contactos- una entrevista en varios hospitales, muchos de ellos privados y con remuneraciones muy altas. Estaba claro que mi madre estaba deseando marcharse, aunque sabía que si yo estuviera en su lugar, hubiera hecho lo mismo. Su impaciencia había provocado que sus maletas estuvieran hechas desde hace dos días. Algo más animada estaba desde luego aunque yo… ¿y que importaba en estos momentos? Las prioridades se conglomeraban entorno a mi madre.
Lola se había ido a una fiesta con su grupito de amigas. Parecía que el papel de madre preocupada se me daba bien tras haber advertido a Lola de que si no volvía temprano iría yo misma a buscarla. No es que no quisiera que Lola se divirtiera, ni mucho menos, pero el hecho de que mi primer día como “canguro” tendría la complicada responsabilidad de que mi prima volviera sana y salva –sobre todo tras comprobar cómo su vida corría demasiado peligro- me ponía de los nervios y me estresaba.
Como prometí a mi madre, el jueves e incluso hoy mismo me aventuré a ir al instituto. Todos se mostraron muy atentos aunque me molestaba que a lo largo de cada clase, los profesores me observaran con lástima e incluso me sacaran de clase para hablar sobre el tema. Pau y las chicas me habían propuesto una salida este domingo, sin embargo todo quedó en ir a mi casa y ayudarme con todo. Me siento aliviada, la verdad, por tener la posibilidad de acudir a tantas manos cuando necesitara ayuda, aunque sabía perfectamente a quien se lo pediría primero.
El aire polar del centro comercial me eriza la piel, así que cojo con rapidez una cualquiera –mentira, la más barata- y la coloco en la cesta mientras me alejo a paso ligero. De mi bolsillo cojo el papel donde tengo escrito la lista de la compra. Me falta el azúcar. Rodeo con la mirada la parte de congelados hasta dar con la zona de dulces. Quizás estuviese allí. Doy grandes zancadas hacia el estante donde sabrosos y tiernos bomboncitos y magdalenas parecen unidos a mis ojos hasta que mi visión ya no los alcanza. Cierro los ojos un momento y pienso en lo mismo que había cavilado durante mi estancia en el centro comercial: hay que ahorrar dinero y comprar lo indispensable. Así que con esa excusa, paso de largo con envidiable compostura de los dulces y achocolatados donuts. Sin embargo no encuentro el azúcar. Doy otro repaso con la mirada a la parte de dulces antes de adentrarme en la panadería. Cuando comienzo a indagar por los productos de aquel sector, alguien me interrumpe:
-¿Kim?
Giro mi rostro al de aquel tipo que me mira sobresaltado. Coloco con palpable nerviosismo un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
-Dino –sonrío insegura.
Él parece aliviarse cuando le respondo sin mostrar desprecio. Se muerde el labio y entrega el peso de la cesta a su mano izquierda.
-¿Cómo estás? –cuestiona sin saber que palabras escoger.
Me compadezco ante su intento de hablar como personas civilizadas y por su preocupación –bien fingida o no- por mi estado de ánimo.
-Mejor –le respondo aferrando el asa de mi cesta con las dos manos.
Dino parece incómodo mientras se acaricia el cabello con la mano que le queda libre.
-Oye… -susurra. Parece que quiere decirme algo, así que le doy una especie de empujoncito.
-¿Sabes dónde está el azúcar?
Él sonríe.

Al salir del centro comercial, yo con dos bolsas y él con cinco –otras dos mías y tres suyas por insistencia de él- Dino parece por fin sincerarse.
-¿Cómo está Phoebe?
Aquella pregunta me coge desprevenida. Si le pudiera contar todo lo que había sucedido… ¿quién decía que no lo sabía? En cualquier caso no saldría de mis labios ni una sola palabra, a no ser que él lo dijera antes.
-Supongo que bien… -no sé qué responderle.
-Amm…
Paseamos lentamente por la avenida. Lo miro de reojos, no solo por lo nervioso y tenso que resulta estar sino también por el peso de las bolsas.
-Oye, dame una al menos… -le susurro viendo como sus dedos parecen colorearse de rojo.
Él asiente y me entrega una de las mías la cual parece pesar más que las demás.
-Kim… -Dino parece aprovechar esta parada cuyo primordial objetivo era aminorar el peso de sus manos, para decir de forma torpe lo que desde el primero momento quería contarme- necesito que me perdonéis por mi comportamiento, llevo mucho tiempo queriendo volver con vosotros pero… no sabía cómo.
Ante la confesión, lo miro intentando descubrir si había algo de malicia en sus palabras. Por el contrario, lo único que encuentro en sus ojos es súplica. Así que chasqueo con la lengua y retomo el paso obligándole a él a hacer lo mismo.
-Mira Dino, si quieres ser perdonado por mí de acuerdo, pero quizás debes esa disculpa a otra persona…
-No sé si querrá hablar conmigo…
-Y supongo que quieres que le diga lo que me estás diciendo, ¿no es así?
Dino asiente aceptando su derrota y dirige su mirada hacia mí.
-Lamento decirte que no puedo Dino –le confieso- no sé si pretendes recuperarla y ante eso sí que me niego.
Él se para en seco de nuevo y yo le imito más pausadamente con rostro serio. Dino parece desilusionado.
-No le hagas más daño del que le has hecho, por favor, te lo suplico… pídele perdón, pero no intentes nada.
Agacha la cabeza unos segundos hasta que un autobús para enfrente nuestra. Dino lo contempla y vuelve a dirigirme la mirada.
-Este es mi autobús –así que me entrega la otra bolsa y sube al vehículo sin añadir nada más.
Por un momento me siento culpable. Cierro los ojos inmóvil con las emociones a flor de piel. Respiro hondo buscando aquella consciencia que antes no permitía hacerme llorar. Sujeto con fuerza las bolsas y me dispongo a ir a casa con una nueva derrota que me presiona el pecho.

--

La música parece ensordecer los tímpanos mientras el calor y las luces de colores anulan las conciencias de los presentes. La gente baila, bebe y se divierte a pesar de que muchos pedían a gritos algo de aire. Lola y tres niñas más son las pocas que permanecen paradas en la barra del bar. Están cansadas de bailar y reír así que piden un poco de bebida con alcohol, y el camarero se lo concede sin preguntar la edad. Se restriega la mano por la frente para apartar el sudor que parece nublarle la vista mientras escucha como sus amigas ríen a carcajadas sin sentido. Ella sonríe cuando las ve reírse y se une a las risotadas. Pasan dos jóvenes delante suya y ambos parecen mirarla golosos. Lola toma un sorbo del vaso y mira a su alrededor algo mareada. Sin embargo, sigue riendo y sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo. Sin embargo su rostro se serena cuando observa la frenética inconsciencia de muchas de sus amigas. Una de ellas se ha marchado con un tipo que seguramente no había visto en su vida, otra se deja tocar por otro joven mientras las demás esperan su turno. De pronto algo se revuelve en su estómago. Le entran arcadas mientras parece perder un poco la consciencia. Pero sigue en pie. Se agarra a la barra para no perder el equilibrio e intenta abrir los ojos lo máximo que puede. Sin embargo no logra aclarar la vista. Lo único que consigue diferenciar son siluetas y colores a su alrededor. De improviso siente como algo le presiona el brazo. Gira su rostro hacia atrás encontrándose con un hombre de rostro peliagudo y sonrisa dicharachera. Sin embargo no consigue escuchar lo que le está diciendo. Parece que la invita a salir fuera. Aparta la mirada sin mantener su consciencia clara  y sin saber a dónde mirar pero él insiste. Finalmente ella asiente mareada y se deja llevar por los pasos de aquel hombre.
Salen de aquella zona alejándose poco a poco del ruido que golpetea su cabeza y de las luces. Parece que una brisa le enfría el sudor. Pero su vista sigue igual y sus sentidos a penas se agudizan mientras algo le sigue provocando un fuerte dolor en el estómago. Lola tropieza con aquel hombre quien parece haber encontrado el sitio donde quería ir. Entonces la rodea con los brazos e intenta besarla. Ella se aparta asqueada, pero él insiste y la agarra con más fuerza mientras su estúpida sonrisa sigue presente en su rostro aún no muy nítido a ojos de Lola. Ésta se intenta resistir y escabullirse de los brazos de aquel tipo quien parece no querer soltarla.
-Suéltame –le susurra sin articular bien. Aquel hombre la agobia, tanto que vuelve el sudor a su frente y su cabeza parece darle aún más vueltas que antes. El dolor del estómago parece explotarle la barriga mientras sus músculos se dejan llevar por el instinto.
Sin embargo algo golpea la cabeza del hombre quien cae de bruces contra el suelo sin oponer resistencia. Aquello la desequilibra no obstante, alguien la agarra antes de desplomarse. Lola hiperventila y dirige su mirada hacia su salvador. Sin embargo sus ojos no consiguen captar el rostro aunque aquel olor no le pasó desapercibida. Intenta esbozar una sonrisa y siente como le acaricia la frente.
-Mi príncipe –susurra sin ser consciente de sus palabras arrastradas.
Algunas palabras sueltas son captadas por sus oídos sin embargo no son lo suficientemente claras como para esclarecer sus palabras. Así que, ante el silencio de Lola, él la coge y la lleva en volandas a un sitio más seguro.

--

Una visita sorpresa me animó. Vicky y Pau aparecieron por sorpresa cuando entré en el portal. Ambas me habían traído regalos teniendo como excusa el no haber podido entregármelos antes por mi cumpleaños. Ellas mismas me ayudaron a colocar la compra en su sitio y a preparar la cena que sin duda compartiría con ambas. Excusaron al resto al preferir ir a una fiesta de inauguración de una sala a la que posiblemente Lola había acudido. Seguramente Phoebe se había quedado en casa.
Colocamos una sartén bien grande en el fuego y decidimos hacer unas croquetas que había comprado por si acaso. Sin embargo el aceite saltaba de vez en cuando salpicándonos y produciéndonos un picor punzante en las diminutas zonas afectadas.
Cojo la tapa metálica de la sartén y la utilizo a modo de escudo ante las expulsiones del aceite. Vicky y Pau se esconden detrás de mí mientras utilizo unas tenazas para dar la vuelta a las croquetas con movimientos secos y rápidos. Aunque la mayoría de ellos solo sirvieran para moverlas a penas unos milímetros. Las tres nos reímos ante la escena sin ser conscientes de que múltiples salpicaduras manchan el inmobiliario que, posteriormente, serían limpiados.
El aceite volvió a escupir sobresaltándonos y provocando otro motivo para reír. Entonces a Pau le entra el hipo. Entre cada risa hipa y nosotras reímos aún más.
Conseguimos al fin terminar con las croquetas y nos sentamos a comer.
-¡Qué asco! –grita Pau al probar un trozo.
Sin embargo sus advertencias fueron posteriores a mi prueba. Están calcinadas y por dentro aún no están hechas. Observo a Vicky quien agita sus manos a la altura de su boca – abierta- para enfriar el trozo de croqueta. Motivo por el que volvemos a reírnos.
-¡Es magma volcánico! –bufa Pau.
Vicky logra tragárselo. La mueca que adorna su rostro es de todo menos bonita dando la razón al veredicto de Pau.
Sin embargo algo perturba nuestra alegría. El teléfono suena desde la encimera. Me levanto y lo descuelgo.
-¿Diga? –cuestiono sin dejar de sonreír.
-Necesito hablar contigo –añade una voz al otro lado.
Frunzo el ceño y me pongo seria cosa que captan tanto Vicky como Pau quienes dejan de sonreír y miran atentas a mis reacciones.
-¿Quién…?
-A las doce en el parque –interrumpe.
Suspiro. Naturalmente su voz no pasa inadvertida, al menos para mí… cierro los ojos mientras masajeo la sien con los dedos intentando aclararme. Realmente no quería volver a verle, al menos no ahora, cuando mi corazón aún no se había recompuesto.
-¿Y si no voy?
Se hace el silencio. Noto su respiración al otro lado del teléfono.
-Iré a buscarte –colgó.
Suspiro de nuevo agobiada. ¿Por qué siempre vivo con presión? Cuelgo el teléfono lentamente y dirijo mi mirada hacia Vicky y Pau quienes habían dejado de reír desde hace unos minutos.
-Era Zack, ¿verdad? –repuso Pau con un hilito de voz.
-Quiere que vaya al parque…
-¡No, Kim! –exclama Vicky cortando el clima tranquilo de la habitación- no voy a permitir que te hagan más daño, no vayas.
Chasqueo la lengua aún más confusa. ¿Y si no quería hacerme daño? Me derrumbo en la silla y cierro los ojos mientras mis manos sujetan mi cabeza. Demasiadas cosas en tan poco tiempo.
-Kim, comprende que… -susurra Pau mientras acaricia mis cabellos- … si habéis roto, habéis roto, prolongarlo solo te servirá para romperte más.
-Sí pero… -sollozo- no puedo hacer nada, Pau –las lágrimas de nuevo se asoman en mi rostro- siento que voy a explotar… -murmuro en un quejido que casi pasa inadvertido.
Vicky se levanta y me rodea con sus brazos por detrás tiernamente.
-Nosotras no dejaremos que te pase nada.
Las lágrimas brotaron con más fuerza, y no por dolor sino por sentirme endeble e inmerecida de tales personas. Necesitaba ese abrazo como nunca para que mi estómago dejara de oprimirme al menos durante los segundos que duró aquel abrazo de Vicky –que ni siquiera era mi mejor amiga- y las caricias de Pau para consolarme.

 Vicky fue quien abrió la puerta de la entrada. Eran las once y media. Ambas tenían que marcharse aunque les agradecía todo su cariño. Pau me besa en la mejilla y me retira unas cuantas lágrimas que empapan mi rostro. Luego, Vicky me mira tiernamente y me abraza de nuevo con todo su cariño. He de reconocer que sus abrazos eran únicos. Se retira un poco y me levanta el rostro mirándome a los ojos.
-No hagas locuras –susurra.
Y tras esto, se van sin dejar de contemplarme.

--

-La veo triste, Vicky –susurra Pau cuando se disponen a bajar las escaleras.
-Zack no debería ser así, debe de intentar comprenderla… -Vicky esconde sus manos en los bolsillos de su cazadora y bajan lentamente las escaleras sin alzar demasiado la voz.
Pau mira hacia atrás.
-Creo que deberíamos volver y quedarnos con ella…
A penas les quedan peldaños para bajar a la tercera planta cuando Vicky asiente descontroladamente.
-Quizás necesite otro tipo de ayuda en estos momentos, Pau… ven.
La joven rubia la sigue confusa sin dejar de sentirse preocupada por su amiga mientras Vicky da grandes zancadas hacia una de las dos puertas de aquella planta. Cuando Pau la alcanza, la de cabellos oscuros llama al timbre sin ser consciente de la hora que era.
Pronto abre la puerta una mujer de cabellos dorados y ojos celestes.
-¿Si? –pregunta sobresaltada por la llamada imprevista de dos jóvenes muchachas.
-Señora Ninvet, ¿está Nathaniel? –cuestiona Vicky sin parecer acelerada.
La mujer titubea y tras analizar las palabras de aquella chica asiente esbozando una gran sonrisa.
-Sí, claro, pasad –Clariva abre aún más la puerta y las invita a entrar- está en la habitación del fondo –señala tras cerrar la puerta.
Ambas asienten agradecidas y se dirigen hacia la que era la habitación de Nat. La puerta está abierta así que pasan sin hacer notar su presencia.
Nathaniel está encima de su cama junto a su hermana Stella quien ríe divertida cuando Nat le señala una imagen del librito que tiene entre sus manos. Éste advierte la presencia de ambas jóvenes y se sobresalta.
-Vicky, Pau, ¿qué…?
Su hermana también se muestra sorprendida sobretodo porque para ella aquellas horas no eran oportunas para que unas “amigas” de Nat entrasen en su casa. Stella se tapa un poco con el edredón de su hermano en un amago de esconder su pijama.
-Necesitamos tu ayuda –añade Vicky inquieta.
-¿Qué ha pasado?
-Es sobre… Kim –al mencionar aquel nombre, los músculos del joven se tensan y su mirada se vuelve seria. Traga saliva y se levanta de la cama tendiendo el libro a su hermana.
-Sigue leyendo, ahora vuelvo, ¿vale?
La pequeña asiente a regañadientes y se tumba con los brazos cruzados en la cama esperando a que su hermano regresara.
Nathaniel cierra la puerta de su cuarto tras de sí y susurra.
-¿Qué le ocurre?
El sonido de la televisión de la habitación contigua alerta a las dos jóvenes de que cualquiera podría escucharlas.
-Fuimos a visitarla…
-Llamó Zack -cortó Pau intranquila- quiere que Kim vaya a las doce al parque…
-Ella está muy mal no debe…
-No dejes que lo haga –concluye Pau angustiada.
Nathaniel intenta recoger la corta e intermitente información que le había almacenado en su cabeza.
-¿Pero ha ido? –cuestionó algo aturdido.
-No, esperamos que no lo haga –murmura Vicky.
-Tú eres el único que puede hacerle entrar en razón…
El joven aparta la mirada.
-No sé, yo…
-No dejes que se encuentre con Zack, por lo que más quieras… por Kimberley.

--

A las doce menos veinte alguien llamó a la puerta.
¿Zack? Cavilo al pensar en la hora. Volteo mi rostro hacia el reloj que sin embargo marcaban menos de las doce. Me levanto de la silla de la cocina y la cruzo hasta llegar a la entrada.
Llama de nuevo insistentemente.
Abro la puerta y abro los ojos de par en par ante aquel cuadro. Mi mundo pareció derrumbarse sobre lo que quedaba de él al advertir el cuerpo de Lola inmóvil llevado en volandas por Amon. Mil cosas comenzaron a surgir a la vez en mi mente aunque la que más pude escuchar era siempre la misma “lo han descubierto”.
Amon entra sin esperar a mi reacción dirigiéndose hacia el salón. Cierro la puerta con velocidad y le sigo.
-¿Qué ha pasado? –me apresuro a decir con un hilito de voz.  
Amon la coloca suavemente en el sofá.
Parece no respirar.
-¡Por el amor de Dios, dime que ha pasado!
Amon dirige su mirada hacia la mía.
-Me la encontré en la fiesta sumamente borracha –añadie lentamente articulando cada palabra con desprecio.
Algo alivia mi corazón –por si fuera poco- sin embargo aquel repudio no me había sentado bien.
-Menos mal… -me siento al lado del rostro de mi prima quien parece dormir como nunca antes lo había hecho- Creía que…
-Dime una cosa Kimberley –me interrumpe mientras da vueltas por la habitación. Su seriedad me da mala espina.
Trago saliva mientras retiro un mechón de cabello de su rostro.
-¿Hay algo que desees contarme sobre Lola? –cuestiona cuando se coloca frente a mí, colocándose de cuclillas para situarse a mi altura.
“Oh Dios mío” es lo primero que pienso cuando miro aquellos ojos negros que se habían teñido de inquietud. No parece una broma. Tenso mi mandíbula y miro hacia mi prima. Un sudor frío recorre mi cabeza cuando compruebo que la chaqueta de Amon cubría sus hombros desnudos. Eso quería decir que él ha visto la espalda de Lola y sobre todo cuando su camisa de mangas sisas mostraba lo suficiente como para visualizar tres pequeños e imperceptibles lunares a simples ojos humanos… vuelvo a mirar a Amon quien espera una respuesta.
-Lo descubrí hace una semana…
Él chasquea la lengua y se incorpora. Cubre sus manos en los bolsillos de su pantalón y vuelve a dar vueltas, esta vez alrededor de la mesa de cristal rodeada de sillones.
-¿Qué pretendes que haga ahora, eh? –cuestiona preocupado- ¿Tengo que tomarla y acabar con todo esto?
-¡NO! –exclamo rápidamente ante tal idea- si no se lo he dicho a nadie es porque no quiero que… -se quiebra mi voz.
-¿No quieres qué?
-Os necesito Amon –concluyo aferrando cuidadosamente los dedos de Lola.
-Está bien Kim, yo no he visto nada ¿de acuerdo? Pero tú me tienes que prometer que se lo dirás a uno de los celestes para que se salve y así acabar con esto de una maldita vez.
Niego lentamente mi rostro cosa que sorprende a Amon quien frunce el ceño.
-Te estoy dando una oportunidad y te aseguro que Demetrius no será tan tolerante.
-No me hagas esto Amon… -susurro entre lágrimas- por favor…
Él chasquea con la lengua y vuelve a dar vueltas nervioso mientras escucha mis palabras y reflexiona.
-Zack quiere verme a las doce y… no sé qué quiere, estoy asustada, yo…                                  
Amon cierra los ojos y mira el reloj de la estantería. Luego, aparta la mirada y me mira.
-Está bien, está bien… -susurra- …la decisión que has tomado es egoísta Kimberley, yo no diré nada ni tu tampoco y esperaremos hasta que alguien descubra todo… sea quien sea.



 y próximamente...